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Una mirada profunda al expresidente de Ecuador, considerado el fundador de nuestra República.

Un largo capítulo de la historia de Hispanoamérica se ha desenvuelto a la sombra de la espada y del crucifijo. Pedro Henríquez Ureña advierte que “después [de la independencia] se desencadenó todo lo que bullía en el fondo de nuestras sociedades, que no eran sino vastas desorganizaciones bajo la apariencia de organización rígida del sistema colonial. Civilización contra barbarie, tal fue el problema, como lo formuló Sarmiento. Civilización o muerte, eran las dos soluciones únicas, como las formulaba Hostos”. 

 

Desde el río Bravo en México hasta la Patagonia en Argentina se sucedieron regímenes en los que la omnipresencia de las élites militares y eclesiásticas ha determinado proyectos políticos, conflictos sociales, actos legislativos, el carácter de las creencias y sus prácticas, el estilo de vida, las idiosincrasias, las expresiones artísticas y literarias, y el entendimiento del mundo circundante y del trascendente.

 

En este complejo contexto continental, el Régimen que encabezó el primer presidente ecuatoriano Vicente Rocafuerte es excepcional. Sin embargo, como él señalara, los novohispanos poseían aún el “espíritu de la gran familia española”. 

 

Según Enrique Krauze pesaba sobre las jóvenes repúblicas americanas el hecho de que, en efecto, “la Independencia apartó la rama americana del tronco político español pero dejó casi intocadas muchas ideas, creencias, costumbres, instituciones y tradiciones de los tres siglos virreinales; España se fue, pero lo hispánico quedó, y quedó también, tanto o más que la lengua, la más venerada de las tradiciones: la Iglesia”.

 

En su tiempo se vivieron procesos de censura en los que Estados de facto o nacidos de una democracia enferma o seudodemocracia, han querido regular los efectos que consideraban peligrosos a sus intereses y proyectos políticos. Durante un par de centurias, sin embargo, en el continente hispanohablante, objeto de nuestras indagaciones, una generación tras otra se ha empeñado en la concreción de sus libertades sociales e individuales, así como en la búsqueda de su propio ser. La tolerancia religiosa estuvo entre los territorios proscritos por las oligarquías que pretendían erigirse en “garantes” de “la religión y las buenas costumbres”. 

 

Tanto en México como en Ecuador se tuvo en Rocafuerte (1783-1847) a un incansable luchador a favor de la tolerancia religiosa, sobre la base de la difusión y lectura de la Biblia. Un hombre, sin embargo, que debió vivir en medio de una realidad desmesurada y violenta de un permanente conflicto político, militar y religioso.

 

Espíritu

En Rocafuerte palpamos, junto a la fe religiosa, un convencido espíritu regalista que de una u otra forma lo enfrentó con las jerarquías eclesiásticas y con el poder católico romano aliado de la España de Fernando VII. No hay liberal en Ecuador, antes o después de él, que no le sea deudor en mayor o menor medida. 

 

En su trayectoria siempre afirmó el imperio de la razón y se pronunció abiertamente por los valores laicos. Sostuvo con sus obras y su trayectoria vital que la democracia no podía perdurar sin una base de respeto hacia los demás, acompañada por el sometimiento a la verdad. Puso esfuerzos y esperanzas en la educación de su pueblo, en virtud de lo cual promovió el uso del método  de la Escuela Lancasteriana.

 

Rocafuerte es una figura singular y solar, a contrapelo de las tendencias de su tiempo, que gobernó y organizó el Estado ecuatoriano”.

 

La obra escrita, sus agudos y oportunos ensayos, y la ejecutoria de Rocafuerte en la primera mitad del siglo XIX ayudan a comprender la situación en la que se tuvieron que desenvolver otros muchos políticos, pensadores, escritores y artistas de entonces (y después) en el ámbito de la cultura latinoamericana, en particular en sus etapas de más intensa cristalización luego del proceso independentista y durante la fundación y consolidación de las nacientes repúblicas. Su gran problema fue el de propiciar el progreso para conseguir la paz social y eliminar y prevenir continuas revueltas violentas o bandolerismo político, las más de las veces delincuenciales, y conspiraciones enmascaradas bajo la engañosa etiqueta de revoluciones políticas.

 

Personalidad

Rocafuerte es una figura singular y solar, a contrapelo de las tendencias de su tiempo, que gobernó y organizó el Estado ecuatoriano, que hizo crecer entre sus gobernados su conciencia de nación y creó un Estado más moderno y eficaz que el que recibió al asumir el poder,  trazando líneas de desarrollo económico, cultural y social no sólo perdurables hasta hoy, sino que conservan en sí mismas una indiscutible futuridad.

 

Puso en vigor, para lograrlo, una suerte de “despotismo ilustrado” para algunos una versión tardía del absolutismo,  que pretendía conseguir una mayor centralización del poder antelas realidades objetivas que tuvo que enfrentar, y contrariando sus principios liberales y republicanos primeros. La fórmula que aplicó consistía en conciliar su política de modernización del país con el ordenamiento vigente al momento de asumir el poder.

 

La vida de Rocafuerte es un palpable laberinto de la naturaleza humana de su tiempo, por lo que constituye, sin lugar a dudas, un reto a la imaginación. Cooperación y conflicto, confrontación y reconciliación fueron sus ejes. Hay en su vida privada y pública una firme creencia en ciertos principios éticos cristianos esenciales, una lealtad intrínseca a determinados imperativos del hacer, del pensar, del querer. 

 

Perfil

 

Vicente Rocafuerte

 

° Político e intelectual ecuatoriano (Guayaquil, 1 de mayo de 1783-Lima, 16 de mayo de 1847). Se desempeñó como diplomático y presidente de Ecuador. Es reconocido como uno de los impulsadores de la independencia Hispanoamericana. Fue un opositor de Juan José Flores, quien al ser elegido por tercera vez presidente obligó a Rocafuerte a autoexiliarse en Perú.