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“Para darles la bienvenida les voy a invitar un refresco que se llama la chicha de jora”, comenta Alicia Villa quien viste con pollera, blusa florida y en sus manos lleva una jarra de barro y llena de la bebida que preparó junto a sus compañeras para recibir al primer grupo de turistas que llegó el domingo para visitar el cerro Cauzhin.

 

Explica, brevemente, que la chicha es hecha con maíz blanco, es una bebida hervida, refrescante y alimenticia. En una pequeña taza, también de barro, sirve y la reparte a todos los presentes; luego de que todos han tomado, los invita a seguirla.

Camina por una vía de tierra y explica que se trata del proyecto comunitario ‘Alliwiñay’ en el que las familias cuyos antepasados incas y cañaris fueron los dueños del cerro, ahora se dedican a cuidarlo, siembran en las terrazas que bordean el cerro y dice que están orgullosos de conservarlo.

 

A medida que se sube se va observando en el suelo trozos de cerámica, se trata de vestigios de la alfarería que fue uno de los primeros oficios de esos pueblos indígenas. Los guías permiten que los turistas se acerquen y toquen el material, aunque están atentos a que devuelvan los trozos de cerámica a su sitio.

 

El paseo continúa y a medida que se sube por el camino rocoso que aseguran es parte del camino del inca o Qhapac Ñan.

A medida que se avanza, se pueden observar las múltiples terrazas que le dan forma de una espiral o caracol que termina en la cúspide del cerro. 

Desde arriba se puede disfrutar del paisaje, se observa todo Cumbe, las casas, los sembríos y los árboles. El frío viento refresca el cuerpo mientras que el sol quema la piel. La música andina, con el sonido de las flautas y quenas, ponen el ambiente festivo.

 

Inicia el baile y, mientras que unos disfrutan de la danza andina, otros observan a Edelmira Fernández que jala guango y convierte la fibra de borrego en hilo para tejer chompas. Ella también expone junto a otras artesanas las piezas que tejen a diario. “Lo hacemos para nuestros hijos, esposos, para nosotras, más que para vender”, comenta Fernández.

La experta hilandera asegura que los jóvenes ahora estudian y que no les llama la atención tejer, “algunitas sí quieren aprender a tejer, pero otras no”, lamenta Fernández y asegura que las mayores son las que aún conservan esta tradición que fue enseñada por abuelas y madres.

 

Leyendas 

De repente, empieza a llover y un miembro de la Fundación y guía de turistas, César Bermeo, asegura que de eso se trata el encanto del cerro. “Es celoso el Cauzhin y cuando pasamos aquí empieza a llover, cuando nos vamos para la lluvia”, relata. 

Esta es parte de algunas leyendas que giran en torno a este cerro que es considerado un pucara porque dicen que allí era centro administrativo, militar y religiosos de los antiguos pueblos y nacionalidades. 

“Los antiguos contaban que los incas enterraron objetos de oro y cerámica en el cerro cuando llegaron los españoles para que no se apoderaran de estos”, detalló Bermeo y esta leyenda fue la causante de que por muchos años de huaqueros, personas que buscan tesoros en sitios arqueológicos, sin respeto al patrimonio, excavaran en busca de fortunas.

Otra leyenda popular en las calles de Cumbe es sobre un fuego de color azul que se observa el Viernes Santo a la medianoche en lo alto del cerro. Se cree que el fuego de color azul indica el lugar donde los incas enterraron el oro.

 

Inolvidable

Otra de las experiencias que vivieron los turistas en la cúspide del cerro fue la de celebrar con una pampamesa. Las mamas prepararon cuy, pollo, mote, choclo, habas, arroz, ají. Lo primero que hicieron fue colocar manteles en el suelo para luego poner los alimentos que los invitados tomaban con las manos y comían. 

“Sentarnos en el suelo es estar en contacto directo con la Pachamama, comer del suelo, de donde salen los alimentos no permite esa relación directa con la tierra que es de donde venimos”, expresa Fernández mientras sirve la comida para que los invitados disfruten del turismo vivencial.

 

Inicio 

El proyecto turístico comunitario busca romper con el turismo clásico y darle importancia a la experiencia cultural y a las riquezas paisajísticas. “Duramos dos años estructurando la primera ruta para mostrar las área rurales de Cuenca que tienen historia, en donde sus habitantes son amorosos y están gustosos de recibirnos”, manifiesta Bermeo. 

La ruta tendrá un costo entre los 15 y los 30 dólares. “Estamos abriendo la oficina en Totoracocha y, como parte de la Fundación, también nos interesa el desarrollo para las comunidades, es una fundación sin fines de lucro”, agrega el guía.

 

Ubicación 

La parroquia rural de Cumbe se encuentra a 24 kilómetros al sur de la ciudad de Cuenca. Limita al norte con la parroquia Tarqui; al sur con la parroquia Jima, del cantón Sígsig, y la periferia del cantón Girón; al este con las parroquias Quingeo, del cantón Cuenca, y San José de Raranga del cantón Sígsig, y al oeste con la parroquia Victoria de Portete. 

Está conectada por la vía asfaltada Cuenca–Loja y en menos de una hora se puede ir desde Cuenca hasta Cumbe, pero los miembros de la Fundación prefieren llevar a los turistas por las áreas rurales en donde se puede conocer Tarqui, El Valle, Quingeo, hasta llegar a Cumbe.

La experiencia, la historia y las leyendas del cerro Cauzhin lo convierten en uno de los sitios turístico rurales para visitar, aprender y tener la experiencia de convivir con la gente de la comunidad.