Todo comenzó con una escena sencilla: Mateo Fabara, uno de los integrantes del proyecto, encontró a un niño que se acercó a su perro y, por unos instantes, vio en la mascota un estímulo que despertó su interés.
Aquella imagen quedó en la mente del estudiante de Ingeniería Mecatrónica de la Universidad UTE y terminó convirtiéndose en una pregunta: ¿puede la tecnología ayudar a generar ese mismo puente de interacción?
La respuesta comenzó a tomar forma en un pequeño peluche de capibara, una tierna y singular especie que se llenó de fama por las calles de Quito y el mundo por su apariencia social y amigable.
Esta especie se fusionó con la innovación y se transformó en un curioso Capibot. Fue creado por Josué Espín, Mateo Fabara e Israel Robayo, con la guía del docente Wilson Pavón. Todos de la Facultad de Ciencias de la Ingeniería y Agroindustrias de la Universidad UTE.
El dispositivo combina robótica asistiva e interna para presentar estímulos visuales y registrar las respuestas de los niños.
La información podría convertirse, tras su validación científica, en un recurso complementario para profesionales que trabajan con niños con trastorno del espectro autista.
“Él es Capibot, nació en las aulas de la Universidad UTE como un proyecto integrado, es decir, todos los conocimientos los integramos y los pusimos aquí”, inició Israel Robayo, integrante del equipo y estudiante de la carrera de Mecatrónica.
Un peluche que registra respuestas
El pequeño capibara tiene tres botones en la panza. Estos están conectados a una pantalla y el niño con esta condición podrá aplastar un botón a la vez para poder saber sus gustos, emociones, sentimientos y reacciones ante un estímulo.
“Este sistema recopila toda la información en una base de datos, el profesional médico lo ve en tiempo real y, dependiendo de eso, el médico podrá actuar”, mencionó el joven de 24 años.
Lo que nació como un proyecto universitario ya cruzó las fronteras de Ecuador: en septiembre de 2026, Capibot fue presentado en el IEEE Smart World Congress, en Italia, donde sus creadores recibieron observaciones de investigadores para continuar perfeccionándolo.
Pero detrás de la pantalla, los botones, los circuitos y el peluche hay una historia que va más allá de la ingeniería.
“Yo estaba paseando a mi perrito y de la nada se acercó un niño, saluda a mi perrito y me dice ‘hola’, y seguimos caminando por el parque infantil. Inmediatamente la madre se me acerca y me pregunta si me saludó. Ella me dijo que es muy difícil que pase eso”, mencionó Mateo Fabara, estudiante de Mecatrónica de la Universidad UTE.
En ese momento, Mateo se asombró al ver que la madre del niño le detalló la enorme dificultad que tiene para comunicarse, para expresar sus sentimientos, pero en una cuestión de segundos, únicamente con la presencia del cachorro, el chico cambió su proceder.
“Previamente ya habíamos estudiado realizar un proyecto de ayuda médica o psicológica, pero después de esto tuvimos un foco a donde queríamos llegar. Es una herramienta que va a ayudar, pero no reemplazará al profesional de la salud”, explicó Fabara.
La tecnología como herramienta, no como diagnóstico
El Capibot no diagnosticará el nivel de autismo que pudiese tener un niño o infante, pero permitirá que doctores especialistas puedan entender de mejor manera cómo funciona la respuesta de cada paciente con esta condición.
De este modo se juntaron dos quiteños y un carchense con el objetivo de convertir la tecnología en una herramienta para acercarse a quienes encuentran otras formas de comunicarse.
“En la pantallita lo que se va a ver es un saludo y nosotros hacemos que se envíen estímulos visuales, como emociones, colores o animales. El niño responde presionando uno de los botones para ver si le gusta, si es neutro o no y la tecnología le lanza mensajes como ¡Genial, lo hiciste bien!”, continuó Israel.
El futuro del Capibot es bondadoso. Wilson Pavón, docente e investigador de la carrera, detalló dos caminos claros para este artefacto que está siendo analizado por especialistas del área tecnológica y de la salud con el fin de proyectarlo al mercado.
“Hemos conversado con la facultad de salud de la Universidad UTE, ellos podrían proponer un protocolo bien establecido para poder gestionar una autorización del Comité de Ética de Investigación en Seres Humanos (Ceish) para que se pueda en una siguiente etapa trabajar con niños que tengan el espectro autista”, mencionó el docente.
Fue a raíz del congreso internacional celebrado en Italia que ellos se dieron cuenta sobre una inteligencia artificial que puede ser incluida en dispositivos pequeños y esta podría sugerir qué secuencias o estímulos se deberían enviar para obtener datos más precisos.





