Docentes, estudiantes, pescadores y la Armada del Ecuador se sumergen cada quince días para rescatar arrecifes amenazados por redes fantasma frente a Manta y Jaramijó.
ada quince días, cuando el sol apenas comienza a reflejarse sobre el Pacífico, una pequeña embarcación se abre paso mar adentro, frente a Manta.A bordo van estudiantes universitarios, buzos, docentes y voluntarios. No buscan peces ni turismo. Buscan algo más frágil y, al mismo tiempo, vital: corales que luchan por no desaparecer.
El proyecto es liderado por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE), Sede Manabí, a través de la carrera de Biología Marina. Desde 2023, la iniciativa de restauración coralina se desarrolla frente a las costas de Manta y Jaramijó, en dos puntos clave: el Bajo Perpetuo Socorro, ubicado a una milla de la costa, y el Bajo Aurelio, a dos millas mar adentro. Son zonas ricas en biodiversidad, pero también altamente impactadas por la actividad pesquera.
Las colinas de los corales en Manta y Jaramijó
«Estas áreas albergan colonias de coral que sostienen una enorme diversidad marina. Nuestro objetivo es ayudarlas a recuperarse», explica Evelyn Arias, docente de la PUCE Manabí y una de las impulsoras del proyecto. La amenaza principal tiene nombre propio: las redes fantasma, artes de pesca abandonadas que quedan atrapadas entre rocas y arrecifes, causando daños silenciosos pero devastadores.
Bajo el agua, las redes no solo rompen físicamente los corales, también los cubren. Y eso, en términos biológicos, puede ser una sentencia de muerte. «El coral es un animal que vive en simbiosis con microalgas. Estas algas realizan la fotosíntesis y le proporcionan hasta el 90 % de la energía que necesita para sobrevivir», explica Arias. Sin luz, el coral se blanquea; si la red permanece demasiado tiempo, muere.
La instalación de viveros
Para enfrentar este problema en Manta y Jaramijó, el equipo instaló viveros coralinos con estructuras artificiales, donde fijan fragmentos de coral sano rescatados del fondo marino. Cada cierto tiempo los limpian, los miden y registran su crecimiento. Los resultados son alentadores: una tasa de supervivencia del 98 %, incluso en condiciones de temperaturas superiores a los 29 grados centígrados.
Pero la restauración no se limita a la investigación científica. También hay acción directa. Con navajas, guantes y mucho cuidado, los buzos —entre ellos estudiantes— cortan y retiran las redes enredadas en los arrecifes. «Todo se hace con protocolos de seguridad. Contamos con un buzo especializado y trabajamos con estudiantes capacitados; el buceo es parte de su formación académica», señala la docente.
El proyecto es, además, un esfuerzo colectivo. Participan fundaciones, organizaciones ambientales y entidades gubernamentales como la Dirección General de Intereses Marítimos (DIGEIM) de la Armada del Ecuador. También se han sumado agrupaciones como A Mano Manaba, Ceiba Foundation, RACSE y Leatherback Project.
El rol de los pescadores
Una pieza clave son los pescadores locales. Lejos de señalarlos como responsables, el proyecto busca integrarlos. «El pescador no quiere perder su red. Muchas veces queda atrapada entre las rocas y no pueden recuperarla», explica Arias.
Por ello, junto a la Armada, se trabaja en la creación de un programa permanente para que los pescadores buzos —quienes extraen pulpo, langosta o almejas— ayuden a identificar y retirar redes cuando las encuentren.
El problema, sin embargo, es constante. «No es que limpiamos una vez y se acaba. Las redes siguen apareciendo», dice la docente. A esto se suma otra amenaza visible: el plástico. Botellas, empaques y desechos llegan tanto por actividades humanas en tierra como por el mar. La cercanía del puerto de Manta también deja su huella, aunque los combustibles suelen evaporarse rápidamente en zonas de corrientes activas.
La educación hacia los jóvenes
Más allá del rescate físico del coral, el proyecto apuesta por la educación ambiental. Niños y jóvenes de Manabí participan en actividades vivenciales que buscan sembrar conciencia desde temprana edad. «Proteger el mar no es solo sacar redes, es cambiar la relación que tenemos con él», resume Arias.
Bajo la superficie, mientras las corrientes se mueven y la vida marina resiste, este esfuerzo demuestra que la ciencia, la educación y la colaboración pueden convertirse en un salvavidas para los ecosistemas marinos del Ecuador. Y que, a veces, salvar un coral empieza con una navaja, un estudiante y la decisión de no mirar hacia otro lado.


