Abogado, educador y hombre público, Medardo Mora ha hecho de la vocación y la disciplina su forma de vida.
edardo Mora nació entre dos tierras y, quizá por eso, aprendió desde temprano a no pertenecer del todo a un solo lugar. Vino al mundo en el sitio La Sabana, en el límite de lo que entonces eran los cantones Rocafuerte y Chone. La casa estaba del lado de Rocafuerte; su inscripción, en Tosagua; su sangre, repartida entre abuelos choneros y rocafortenses. «Me siento de las dos partes», dice con serenidad, como quien ha hecho de esa dualidad una identidad.
Su llegada fue casi accidental. Sus padres vivían en Bahía de Caráquez, pero el parto se adelantó. En tiempos en que se viajaba en lancha y ferrocarril, la vida no esperaba itinerarios. Nació a las siete de la noche, con partera, en la casa de la hacienda familiar. Estaba previsto que fuera en el hospital, en Bahía, pero el destino decidió otra cosa. Y él lo cuenta como un privilegio: «Nacer en el campo es una bendición».
A los ocho días fue llevado a Bahía, donde creció hasta los diez años. Recuerda con nitidez la imagen del ferrocarril llegando a las cinco de la tarde. Era un ritual: ir a mirar quién llegaba, quién partía. En aquellos años, Bahía vivía su auge comercial; Manta aún no despegaba como puerto. Ese niño curioso, que observaba trenes y pasajeros, empezaba, sin saberlo, a mirar el mundo con ojos de cronista.
El viaje a Quito y luego a Europa
Su padre decidió que estudiara en Quito. Desde sexto grado hasta terminar el colegio, Medardo vivió en la capital. Pasó por la Escuela Espejo, el Colegio Americano y, finalmente, el Colegio Pichincha. Era bueno para matemáticas y física, inclinado a las ciencias exactas, hasta que un profesor de Filosofía, Jaime Chávez Granja, cambió el rumbo. «Despertó mi curiosidad por las ciencias sociales», recuerda. Ahí germinó la semilla del abogado y del maestro.
Estudió Derecho en Guayaquil, aunque interrumpió la carrera para viajar a Europa. Pasó un año en Suiza y siete meses en Centroamérica. Quiso quedarse. Le sedujeron el orden, la disciplina, el ritmo europeo. Pero su padre, firme, lo llevó personalmente al puerto de Génova para embarcarlo de regreso a Ecuador. «Ya habías hecho tres años de estudio», le dijo. Volvió en barco, con la experiencia cumplida y la nostalgia intacta.
Su llegada a Manta
Se graduó y abrió oficina en Guayaquil. Tenía clientes, proyección y comodidad. Sin embargo, algo tiraba de él hacia Manabí. Pensó en Chone, en Bahía, en Portoviejo. Manta ni siquiera estaba en su radar. Pero coincidió su regreso con la inauguración del puerto y el inicio del gran despegue de la ciudad. Además, la que sería su esposa vivía en Manta. Un amigo le ofreció su oficina. Aceptó. Y se quedó para siempre.
Ejerció la abogacía con intensidad durante una década, sobre todo en derecho societario y comercial. Pero su verdadera pasión estaba en las aulas. Comenzó casi por azar, reemplazando a un compañero en un colegio nocturno. Descubrió que enseñar literatura española le producía una felicidad difícil de explicar.
«Dar clases me restauraba», dice. Incluso cuando fue presidente del Concejo Municipal de Manta —cargo al que llegó en 1976 por designación, casi forzado por la coyuntura militar— jamás dejó la cátedra.
Señala que, como presidente del Concejo, trabajó con vehemencia. Gestionó recursos, impulsó obras de infraestructura y defendió a los barrios cuando el mar amenazaba con tragárselos. No buscó reelegirse.
También fue diputado, impulsado por jóvenes liberales y, sobre todo, por el consejo de su padre. Cree que antes la política exigía trayectoria y formación; hoy la mira con preocupación. Pero no reniega de su paso por el Congreso: lo considera una experiencia de aprendizaje. La política, insiste, nunca fue su vocación. «Soy abogado y maestro», afirma.
Su legado en la Universidad Eloy Alfaro
Su mayor legado se gestó en la educación superior. Defendió la extensión universitaria en Manta cuando estuvo a punto de cerrarse, asumió responsabilidades administrativas y fue decano apoderado. Impulsó nuevas escuelas y protagonizó la batalla por la creación de una universidad para Manabí. Esa fue la Eloy Alfaro, de la que fue su primer rector. Ordenó las finanzas y gestionó presupuesto en Quito. Su liderazgo fue más de gestión que de discurso, sostiene.
A sus 83 años, Medardo Mora sigue vinculado a la actividad agropecuaria en la hacienda Santa Marta, llamada así en honor a su madre. Viaja una o dos veces por semana. Dice que es su mejor recreo. El campo, como el aula, le devuelve el equilibrio.
Optimista por convicción, mira a Manabí con esperanza. «Lo mejor está por venir», repite. Y quizá esa frase resume su vida: la de un hombre que, entre el derecho y la docencia, eligió siempre construir futuro.


