En Montecristi, reconocido mundialmente por el sombrero fino de paja toquilla, aún sobreviven otros oficios que también forman parte de su identidad. Uno de ellos es la elaboración de muebles de mimbre, una tradición que hoy lucha por no desaparecer.
“Esto funciona como taller y exhibición”, explica Joffre Pachay mientras recorre el espacio. Aquí se producen muebles tejidos en mimbre y en una fibra alternativa conocida como crack extensible. Cada pieza es resultado de un proceso largo, manual y paciente, heredado de generaciones anteriores. “Nuestros abuelos fueron los pioneros. Yo desde niño ya veía a personas mayores que llevaban años trabajando en esto. Eso se me quedó grabado” dice Pachay.
El trabajo con el mimbre
El mimbre es una de las fibras vegetales más antiguas utilizadas para mobiliario. Se obtiene de arbustos de la familia de los sauces, y para su uso se aprovechan tanto el tallo como las ramas, ya sea en su grosor natural para la estructura o en finas lonjas para el tejido. Durante décadas fue abundante, pero hoy la realidad es distinta. “Antes había bastante, ahora ya no”, dice Pachay con preocupación. La deforestación ha reducido su disponibilidad: son plantas que tardan entre 20 y 40 años en crecer.
Actualmente, el mimbre llega desde zonas montañosas de Esmeraldas, especialmente de Quinindé. El traslado encarece el material y limita la producción. Por eso, en Montecristi quedan pocos talleres activos. “Almacenes hay algunos, pero talleres de producción somos apenas cinco o seis”, señala. La diferencia es clara: vender es una cosa, producir artesanalmente es otra muy distinta.
El mantenimiento del material
A pesar de la escasez, el mimbre sigue siendo valorado. “Es 100 % natural, y hay gente que ama eso”, explica. En interiores, su durabilidad es alta. En exteriores también funciona, siempre que se le dé el mantenimiento adecuado. “Cada cierto tiempo hay que aplicarle laca, porque el sol y el agua deterioran la fibra. La laca es una capa protectora”, dice Pachay que tiene un taller y un almacén.
La amenaza de extinción del mimbre obligó a buscar alternativas. Así llegó al taller el crack extensible, una fibra que también proviene de árboles, pero que se cultiva principalmente en Canadá y Brasil. Este material se importa en grandes bobinas, ya industrializado, aunque en Montecristi se le aplica un proceso artesanal largo y minucioso. “Allá no hacen este tipo de trabajo. Aquí lo transformamos”, afirma Pachay.
La introducción de esta fibra no fue casual. “Yo tenía unos 15 años cuando comencé a curiosear con este material”, recuerda. Todo empezó con un pequeño adorno chino que desarmó por curiosidad. Al analizarlo, entendió que no era cartón ni un material común. Empezó entonces a experimentar, primero con muebles en miniatura que vendía en diciembre. La respuesta fue inmediata y positiva.

El crack extensible
Con el tiempo, el crack extensible se consolidó como una opción más resistente, ideal para exteriores y climas húmedos. “Es más fuerte frente al agua y la intemperie”, explica. Sin embargo, Pachay no lo ve como un reemplazo total del mimbre, sino como un complemento que permitió que el oficio no desapareciera. “Si hubiera sido solo por el mimbre, quizás ya no existiríamos”.
Hoy, muchos artesanos han migrado a ciudades como Quito, donde son contratados en talleres ajenos. Pero Pachay decidió quedarse. En su taller, cada mueble es una declaración de resistencia cultural. Entre fibras naturales y materiales importados, Montecristi sigue tejiendo su historia, no solo con sombreros, sino también con muebles que hablan de memoria, adaptación y amor por el trabajo hecho a mano.


