Patricia Castillo Briseño nació en la Sierra y terminó investigando en la Antártida, marcada por una relación con el océano que comenzó el día en que casi se ahoga en Manta.
APatricia Castillo Briseño el mar casi la mata antes de convertirse en el gran amor de su vida. Tenía apenas unos días viviendo en Manta cuando el océano le enseñó, de golpe, que no era un paisaje de vacaciones. Era otra cosa: inmenso, impredecible, vivo.
Había llegado desde la Sierra siendo adolescente junto a su madre, una bioquímica farmacéutica que consiguió trabajo en Manabí. Hasta entonces, Patricia solo conocía el mar por escapadas breves a Atacames. El océano era sinónimo de descanso, arena y fotos familiares.
Pero Manta cambió todo. La primera semana decidió ir con su mamá a la playa El Murciélago. Entraron confiadas al agua. Las dos sabían nadar. Ninguna entendía todavía las corrientes del Pacífico.
De pronto, dejaron de tocar el piso. La corriente comenzó a arrastrarlas mar adentro, cuenta Patricia, hoy de 46 años y con una carrera científica que la ha llevado hasta la Antártida.
Su madre intentó impulsarla con las olas para salir de la contracorriente. No funcionaba. El cansancio llegó rápido. Patricia recuerda fragmentos borrosos: agua, desesperación, silencio. Finalmente lograron salir y acercarse a la orilla.
Cualquiera habría desarrollado miedo al mar. Patricia no. Lo que nació ese día fue otra cosa. «Me quedó un enorme respeto», dice.
La niña que quería entender el océano
Antes del mar, Patricia ya estaba enamorada de la naturaleza. De niña visitaba a familiares en Portoviejo y zonas boscosas de montaña. Le fascinaban los ríos, el barro, los árboles húmedos y el sonido del monte. Para una niña criada entre cemento, esos paisajes parecían otro planeta.
Pero fue el océano el que terminó dándole dirección a su vida. Cuando llegó a Manta entendió que quería estudiar biología marina. Quería saber qué ocurría debajo de la superficie, qué escondían las mareas y cómo funcionaba aquel mundo azul que parecía no terminar nunca.
En Ecuador todavía había pocas opciones para estudiar esa carrera. Finalmente ingresó a la extensión de la Universidad Católica en Bahía de Caráquez, una de las pocas que ofrecía el título de bióloga marina. Se mudó sola. Era la primera vez que vivía lejos de casa.
En Bahía descubrió otro universo: manglares, estuarios, ciclos de mareas y ecosistemas que la mayoría de personas ni siquiera mira. Mientras muchos soñaban con arrecifes o tiburones, Patricia comenzó a enamorarse de los manglares.
«Son igual de importantes y diversos», explica. Con el tiempo entendió algo más profundo: proteger el océano no es solo salvar peces o tortugas. También es proteger a las personas. «El ser humano depende totalmente del mar», dice la actual profesora de la Universidad Eloy Alfaro.
Del Pacífico ecuatoriano a la Antártida
La curiosidad la llevó lejos. Primero a las Islas Galápagos, donde pasó seis meses monitoreando iguanas marinas. Después viajó a Europa, donde estudió ecosistemas del Mediterráneo y descubrió playas silenciosas.
Extrañó Ecuador. Extrañó caminar y ver caracoles moviéndose con la marea. Extrañó la biodiversidad. Regresó. Y luego llegó la Antártida.
Patricia ha viajado tres veces al continente blanco como parte de proyectos científicos ecuatorianos sobre acidificación oceánica y cambio climático. Pasa un mes monitoreando aguas extremas, analizando organismos marinos y estudiando cómo el océano enfrenta las alteraciones provocadas por el calentamiento global.
La Antártida le cambió la forma de mirar el mundo. «Allá entiendes que no controlas nada», reconoce.
El clima decide cuándo se trabaja, cuándo se navega y cuándo simplemente hay que esperar. Entre hielo, viento y silencio, Patricia encontró algo parecido a lo que sintió aquella vez en Manta, cuando el mar casi se la lleva: la certeza de que la naturaleza siempre será más grande que uno.
Sueña con conocer el Ártico. Quiere comparar ambos polos. Quiere seguir haciendo preguntas, porque para ella el océano nunca termina de explicarse. Cada respuesta trae veinte dudas nuevas. Y quizás por eso sigue allí, persiguiendo mareas desde hace más de treinta años.


